Del racismo cotidiano a Trump

Por Moha Gerehou, Comisión de Comunicación.

Todo el mundo reconoce y señala el racismo en el veto migratorio de Donald Trump cuando éste discrimina a los ciudadanos de siete países para meterlos en el grupo de terroristas. Sin filtros. Pero si Trump desapareciera del mundo esa ideología racista no se iría con él, sino que seguiría entre nosotros. Así que si este es el panorama, ¿cómo evitamos que a las instituciones lleguen personajes como Trump? Atacando a la base de prejuicios y estereotipos racistas que da base a que muchas personas se sientan legitimadas a excluir por color de piel o nacionalidad.

A ninguna persona negra le es extraña la situación en la que al entrar en un transporte público las personas de su alrededor miren a sus mochilas, cierren sus bolsos y los aprieten contra su pecho en posición defensiva. Actos que tienen el reflejo de la inconsciencia, pero el resorte lo activa el prejuicio.

Esta pequeña realidad es el germen de un racismo mucho más amplio, que infecta a las instituciones y recorre todos los estamentos de la sociedad para crear una realidad desigual. Es lo que une la mirada de sospecha al chico negro que sube al metro de Madrid con el veto migratorio de Trump. La distancia entre ambos puntos es lejana, pero el camino es directo y en línea recta.

Combatir las grandes muestras del racismo es prioritario por el enorme impacto inmediato que genera un veto, un bloqueo o una valla con concertinas entre dos continentes. Pero tiene un valor mayor atajar la lista interminable de estereotipos que sustentan esas decisiones. Acabar con los Donald Trump sería una victoria parcial, pero el riesgo de que lleguen otro como ellos seguiría latente. Terminar con la base de prejuicios es lo único que puede garantizar el fin de la discriminación por color de piel o nacionalidad.

Los grandes casos de racismo, los que captan la atención de los medios de comunicación tienen un factor en común: existe un agresor claro, una persona o entidad considerada racista y que se lleva la culpa. Se obvia el carácter de sistema inherente al racismo y se diluye la responsabilidad social en cada acto de discriminación que vivimos.

No son pocos los que son capaces de ver el racismo ajeno sin ser conscientes del suyo propio. El que se muestra cuando preguntas a una persona negra dos veces por su país de origen, cuando utilizas la palabra gitano como sinónimo de ladrón o en el momento en que aprietas el bolso contra tu pecho porque has visto entrar en el bus a alguien de color diferente.

Es en este contexto, el que nos concierne a todos, donde más hay que actuar. La responsabilidad del racismo es compartida y no individual, no es un defecto solo de Trump, sino que la construcción social nos afecta a todos y nos corresponde a todos deconstruirnos y revisar comportamientos o privilegios obtenidos a lo largo de la historia. A Trump ya lo tenemos y debemos combatirlo con todas nuestras fuerzas, pero la historia nos ha demostrado que no ha sido el único ni el primero. Pero si eliminamos los estereotipos y prejuicios raciales desde la base podremos conseguir que sea el último.

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